Suelo leer, entre otras muchas cosas, bastante contenido relacionado con el mundo de la informática, sobre todo por la noche.
Después de estudiar o leer lo que toque en ese momento, me doy un «garbeo» por los aledaños de la profesión antes de echarme a la cama. Sin ir más lejos, el otro día me topé en LinkedIn con una entrevista publicada en la edición digital de El País a Thais Ruiz de Alda, jurista, tecnóloga y fundadora de DigitalFems.
No tengo el placer —o el mérito, supongo— de conocerla. El artículo llamó mi atención y necesitó una segunda lectura. Sentí perplejidad ante lo leído y me abstuve de una tercera. Tengo por norma no acostarme con según qué ideas resonando dentro de mis ya bastante carcomidos «circuitos cerebrales».
En la entrevista aparecen expresiones tan rotundas como «patriarcado digital» o «feminismo de datos». Esta última se presenta como una manera de leer la realidad con más capas de datos. Yo, que llevo unos cuantos años pegándome con bases de datos, tuve que detenerme a pensar qué significaban exactamente esas etiquetas y, sobre todo, qué parte describía un problema técnico y qué parte era simple marco ideológico.
Leer la entrevista original en El País ↗El dato no tiene ideología; el sistema puede tener sesgos
Conviene empezar por una precisión, porque si no todo lo demás se convierte en una pelea de consignas. Un dato aislado no es feminista, machista, conservador ni progresista. Un número es un número. Ahora bien, un conjunto de datos puede estar incompleto, una muestra puede excluir a parte de la población, una etiqueta puede incorporar el prejuicio de quien la creó y un algoritmo puede optimizar una regla que perjudique sistemáticamente a un grupo.
Eso existe y merece atención. Negarlo sería tan poco serio como llamar «patriarcal» a cualquier resultado que no nos guste. El motor de una base de datos no mete sus narices en la política; ejecuta consultas. Las decisiones humanas que determinan qué se recoge, cómo se modela y para qué se usa esa información sí pueden contener sesgos.
Precisamente por eso necesitamos definiciones, hipótesis y pruebas. Si todo se explica mediante una etiqueta moral, dejamos de analizar el sistema y empezamos a impartir doctrina.
Mi «delito»: hacer dos preguntas
Mi delito consistió en comentar la publicación y preguntar por el significado de esos conceptos. Hasta donde alcanzo a juzgar, no hubo insulto ni voluntad de ofender. Al día siguiente quise volver al mensaje para comprobar si las preguntas habían suscitado algún debate —para eso son, o deberían ser, las redes sociales— y descubrí que Thais Ruiz de Alda me había bloqueado.
Desconozco el motivo exacto y no tengo derecho alguno a ocupar el muro digital de otra persona. Cada cual administra su cuenta como le parece. Pero también puedo valorar el gesto: si se exponen ideas públicas sobre tecnología, sociedad y poder, resulta llamativo que una pregunta crítica reciba como única respuesta la puerta cerrada.
Debí advertirlo antes. Los comentarios que pude ver eran elogiosos. No encontré una sola objeción, ni siquiera una petición de precisión. A veces creemos estar contemplando un debate cuando, en realidad, hemos entrado en una sala de aplausos.
Primera perla: Google Maps y el parque oscuro
Uno de los ejemplos de «patriarcado digital» es Google Maps. Thais Ruiz de Alda plantea el caso de una ruta que, a medianoche, atraviesa un parque por el que ella no pasaría porque le da miedo. Su propuesta literal es sencilla: «Debería mostrarte dos opciones».
La preocupación por la seguridad no me parece absurda. Lo discutible es convertir una ruta poco tranquilizadora en prueba de patriarcado. Un navegador calcula recorridos con los datos y criterios de los que dispone: distancia, tiempo, tráfico, tipo de vía o accesibilidad. Para ofrecer una «ruta más segura» necesitaría señales fiables sobre iluminación, afluencia, incidencias, horarios y otros factores que cambian con el tiempo. Ese es un problema de datos, modelado y riesgo; no una revelación automática sobre la ideología de sus creadores.
Y, si se incorpora esa opción, debería estar disponible para todo el mundo. También puede sentirse vulnerable un señor melindroso y enclenque, mientras que la supuesta «damisela desvalida» puede ser una mujer musculosa que sabe kung-fu. La aplicación no necesita adivinar el sexo, la fortaleza ni el miedo del usuario: necesita permitir que cada persona elija sus preferencias.
Diseñar para más situaciones mejora un producto. Presumir cómo debe sentirse alguien por ser hombre o mujer puede acabar reproduciendo el estereotipo que se pretendía combatir.
Segunda perla: mujeres, informática y causalidades enormes
La entrevista sostiene que, en las facultades de Ingeniería Informática, alumnos y profesores creen que las mujeres son peores desarrollando software. También vincula la caída de la presencia femenina desde finales de los setenta con la privatización del software y con la entrada de los hombres en una profesión que había ganado estatus y dinero.
Son afirmaciones enormes. Tal vez existan investigaciones que apoyen parte de ellas; la entrevista no las aporta. Presentar una causalidad histórica tan compleja como si tuviera un interruptor perfectamente localizado me parece, como mínimo, temerario.
Yo llevo años impartiendo asignaturas de informática y solo puedo hablar con propiedad de lo que he visto:
- No he visto a ninguna alumna ser disuadida de estudiar informática por su género, ni a un profesor dar por hecho que programará peor por ser mujer.
- En mis aulas, la relación aproximada entre hombres y mujeres ha sido de siete a tres. Hay más chicos matriculados y, por pura aritmética, después habrá más hombres trabajando en el sector.
- No he observado ninguna diferencia en la calidad académica que pueda atribuirse al sexo. He tenido alumnas excelentes, alumnos excelentes y, cómo no, representantes perfectamente mediocres de ambos grupos.
- Tampoco he visto que una empresa privada rechace sistemáticamente a la candidata mejor preparada para contratar a un hombre peor. Eso no convierte a todas las empresas en templos de la justicia, pero tampoco autoriza a describir todo el sector como una máquina uniforme de exclusión.
Mi experiencia no es un censo nacional ni refuta por sí sola la existencia de barreras. Pero yo la presento como lo que es: una experiencia profesional concreta. Si alguien afirma que existe una creencia generalizada en todas las facultades, la carga de demostrar esa generalización le corresponde a quien la formula.
Criticar las ideas, no inventar una biografía
Podría especular sobre cuántas líneas de código ha escrito Thais Ruiz de Alda o sobre cómo se financia la organización que dirige. No lo sé y, por tanto, no voy a fingir que lo sé. Además, sería un argumento pobre: se puede conocer el sector tecnológico sin ser programador y se pueden escribir millones de líneas de código sin tener una idea sensata sobre la sociedad.
Mi objeción no necesita entrar en su currículum. Está en las palabras publicadas: conceptos vagos presentados como diagnósticos, ejemplos que no demuestran la tesis y explicaciones históricas rotundas sin evidencia visible. Eso es lo que debe discutirse.
La tecnología no es neutral. La retórica tampoco.Si exigimos auditar los algoritmos, también deberíamos auditar las afirmaciones con las que pretendemos explicarlos.
Del «tecno-wokismo» al «tecno-fascismo»
- Tecno-wokismo
- Uso de etiquetas morales en debates tecnológicos como sustituto de definiciones, pruebas y discusión técnica. Es un término de opinión empleado por el autor.
- Tecno-fascismo
- Uso metafórico —no histórico— para señalar el impulso autoritario de excluir la discrepancia en lugar de rebatirla.
Llamo «tecno-wokismo» a esa costumbre de envolver un asunto técnico en vocabulario moral hasta conseguir que cualquier discrepancia parezca una falta ética. El método es eficaz: quien pide una definición ya resulta sospechoso; quien solicita datos debe de estar negando el problema; quien propone otra causa se convierte en parte de la causa denunciada.
Y hablo de «tecno-fascismo» de forma deliberadamente provocadora, no como una equivalencia histórica. No estoy comparando un bloqueo en LinkedIn con un régimen totalitario. Me refiero al tic autoritario de declarar el debate cerrado, repartir carnés de legitimidad y reservar la palabra para quienes ya están de acuerdo.
Nadie está obligado a debatir conmigo. Pero quien pretende transformar la sociedad mediante ideas públicas no puede sorprenderse de que esas ideas sean examinadas públicamente. La discrepancia no es violencia. Una pregunta no es acoso. Y bloquear una pregunta incómoda no convierte una afirmación débil en una afirmación verdadera.
Sí, amigos: existe un «tecno-wokismo». Aparece cuando la consigna sustituye a la explicación, cuando el grupo sustituye al argumento y cuando la superioridad moral sustituye a los datos. En ese punto se vuelve pariente de cualquier otra forma de pensamiento autoritario: todos exigen adhesión y consideran molesta la duda.
Los que no somos «guays» seguiremos preguntando qué significa cada término, qué evidencia lo sostiene y cómo se implementaría de verdad en un sistema. Es menos vistoso que repartir etiquetas, pero bastante más útil para construir tecnología.
Yo, al menos, ya he tomado nota.
Y eso es lo que me preocupa de este «tecno-wokismo» censurador: la facilidad con la que algunas personas, encaramadas a su supuesta relevancia en el sector, convierten las conversaciones públicas de las redes sociales en un púlpito. Confunden visibilidad con autoridad y aplausos con argumentos. Invocan el pensamiento crítico hasta que alguien lo ejerce sobre sus afirmaciones; entonces sobran las preguntas y empieza el reparto de etiquetas, el silenciamiento y la expulsión del discrepante. ¿Qué aporta esa conducta al ecosistema tecnológico? Nada. Lo cercena: desanima a quien pregunta, empobrece el intercambio y somete la discusión técnica a una prueba de adhesión ideológica. Ese proselitismo encuentra en la tecnología un escaparate y en la censura una forma de protegerse del examen público. Quien aspira a ser referente debería aceptar que sus ideas se discutan, especialmente cuando pretende hablar en nombre del progreso. Porque un ecosistema en el que solo pueden intervenir los convencidos acaba convertido en una parroquia. Y a mí, francamente, las parroquias con wifi me parecen un lugar bastante pobre para construir el futuro.
La entrevista comentada
Este texto responde a declaraciones públicas recogidas por Ángeles Caballero en El País el 22 de julio de 2026. La crítica se dirige a esas ideas y a la experiencia pública relatada por el autor, no a la dignidad personal de la entrevistada.
Leer «El ‘tecnobro’ es el primo del ‘cryptobro’» en El País ↗